El derecho a cambiar de opinión
Quinto Piso
Ana Mercy Otáñez
Hay decisiones que tomamos con absoluta convicción y que, años después, ya no elegiríamos. No necesariamente porque estuviéramos equivocados, sino porque hoy sabemos cosas que entonces desconocíamos y nuestra forma de ver la vida ha cambiado.
Sin embargo, ¡cuánto nos cuesta admitir que hemos cambiado de opinión! Como si pensar diferente fuera una traición a quienes fuimos o una señal de debilidad ante los demás.
Nos enseñaron a mantener nuestra palabra, a perseverar y a no abandonar lo que comenzamos. ¡A ser coherentes! Y está bien. Pero pocas veces nos hablaron del derecho a reconsiderar nuestras decisiones cuando las circunstancias, las prioridades o nosotros mismos hemos cambiado. Después de todo, evolucionar es parte de la vida.
Sucede en el trabajo, cuando descubrimos que aquello que parecía una gran oportunidad ya no responde a nuestras aspiraciones. En los proyectos que un día nos entusiasmaron y hoy requieren otro rumbo. En las amistades que no evolucionan, en las expectativas que dejan de tener sentido y hasta en las relaciones familiares o de pareja, donde a veces confundimos la permanencia o el agradecimiento con el compromiso o el amor.
Porque permanecer no siempre significa estar construyendo, como tampoco cambiar de dirección significa haber fracasado. Lo que hoy deseamos no necesariamente es lo mismo que habríamos elegido en otra etapa de nuestra vida. ¡Y eso es normal!
Hay quienes siguen defendiendo decisiones únicamente porque alguna vez las anunciaron con entusiasmo. Otros permanecen en lugares, proyectos o relaciones por miedo a decepcionar, por orgullo o por no tener que explicar que ahora piensan distinto, buscan otras cosas y reconocen que han cambiado.
Y aquí conviene hacernos una pregunta: ¿cuántas veces hemos sido más fieles a una decisión del pasado que a nuestras convicciones del presente?
No tenemos que seguir defendiendo una decisión solamente porque un día tuvimos el valor de tomarla.
Eso sí, cambiar de opinión tampoco nos libera de nuestras responsabilidades. Hay compromisos, personas y consecuencias que merecen consideración. La madurez no consiste en hacer siempre lo que queremos, sino en reconocer cuándo necesitamos reconsiderar algo y asumir con honestidad lo que implica.
A veces, la coherencia no está en mantener una postura a cualquier precio, sino en tener la humildad de reconocer lo aprendido, aceptar que hemos cambiado y continuar.
La gratitud por lo que fuimos o por lo que vivimos no nos obliga a seguir siendo los mismos.
Y quizás ahí comienza una libertad que pocas veces nos concedemos: la de elegir nuevamente, sin negar nuestra historia ni pedir perdón a nuestro entorno por haber evolucionado.
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