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¿Haití, una selva inhabitable?

Manuel Antonio Vega
Manuel Antonio Vega
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OPINIÓN

Manuel Antonio Vega

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Haití no es un país, aunque en el mapamundi aparezca registrado formalmente como tal; se asemeja más bien a una aldea densamente poblada donde, desde sus orígenes históricos, habitan insurrectos y hombres que muestran una profunda rebeldía frente a todo orden institucional. En ese territorio se vive bajo un estado permanente de inseguridad jurídica y física. La presencia generalizada de bandas armadas criminales convierte la convivencia humana en un laberinto sumamente complejo.

Hoy en día, la sociedad civil se encuentra fracturada entre el terror constante y la más absoluta indefensión, una consecuencia directa de la existencia de un vacío estructural de Estado.

Sin embargo, el miedo generalizado que infligen estas pandillas no alcanza a definir por completo la magnitud real de la tragedia que se desenvuelve de aquel lado del río Masacre.

La gran mayoría de los ciudadanos haitianos repudia abiertamente a estos grupos delincuenciales debido a la continuidad de las masacres, los secuestros extorsivos, el cobro ilegal de peajes y una violencia sexual generalizada que se utiliza como arma de guerra táctica.

A pesar del rechazo social, la población civil se encuentra tan fragmentada y desmoralizada que nadie logra articular un esfuerzo colectivo para organizarse y enfrentar a los rebeldes armados.

El pueblo haitiano percibe con frustración que el gobierno de transición política y las fuerzas de seguridad internacional, incluyendo la misión de apoyo respaldada por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), han sido incapaces de frenar el avance de coaliciones criminales como Viv Ansam. Esta federación de pandillas controla en la actualidad cerca del 90 % del área metropolitana de Puerto Príncipe, operando con total impunidad.

Las bandas delictivas han suplantado de manera fáctica las funciones básicas del Estado, llegando al extremo de cobrar impuestos vecinales, regular el comercio local e incluso prestar asistencia social básica, presentándose cínicamente ante las comunidades vulnerables como pseudo-revolucionarios comunitarios.

Se desangran entre ellos

Desde el año 2020, la capital, Puerto Príncipe, se ha transformado en un cruento campo de tiro debido a las continuas guerras intestinas entre pandillas rivales que buscan controlar el país por la vía de la fuerza.

Esta escalada desmedida de violencia tiene como propósito principal la ganancia territorial y económica de una banda sobre otra, sin importar el costo en vidas humanas inocentes.

El tejido social haitiano se desangra de forma interna mientras los líderes pandilleros se disputan las principales arterias comerciales, los puertos marítimos y los accesos aduaneros estratégicos que conectan a la capital con el resto de las provincias.

Esta dinámica de confrontación ha cortado las cadenas de suministro de alimentos, combustibles y medicinas, asfixiando por completo la frágil economía de subsistencia del país y sumiendo a millones de personas en la desnutrición endémica y el desplazamiento forzado interno.

El debate en la ONU

Ante este panorama desolador, el Consejo de Seguridad de la ONU analizó minuciosamente la crisis multidimensional de Haití en su sesión número 10246. Esta reunión de alto nivel estuvo fuertemente marcada por los debates en torno a los tímidos progresos electorales, el aumento exponencial de la violencia criminal y la reciente y trágica emboscada perpetrada contra soldados salvadoreños de mantenimiento de la paz.

Lideraron la sesión de trabajo los máximos titulares de la Oficina Integrada de las Naciones Unidas en Haití (BINUH), de la Fuerza de Seguridad Global (GSF) y de la Agencia de Seguridad de las Naciones Unidas (UNSA), contando además con la participación activa de delegaciones regionales claves como México y la República Dominicana, naciones directamente afectadas por la inestabilidad geopolítica de la isla.

La apertura de esta sesión formal estuvo marcada por la condena unánime e inequívoca a una emboscada perpetrada el día anterior contra soldados de El Salvador adscritos a la GSF.

Los efectivos militares fueron atacados con ráfagas de armas de fuego de alto calibre y artefactos explosivos improvisados en las inmediaciones de Puerto Príncipe, justo cuando regresaban de realizar compras logísticas en un mercado local.

El atentado dejó un saldo alarmante de cuatro sobrevivientes cuyo paradero actual permanece desconocido, lo que puso de relieve ante la comunidad internacional la creciente beligerancia, el equipamiento militar y el atrevimiento táctico de las pandillas.

Las estadísticas presentadas en el foro multilateral revelan una realidad aterradora: entre julio y septiembre de 2026 se documentaron aproximadamente 1,000 personas asesinadas y más de 100 víctimas de raptos y secuestros.

Estas cifras se complementan con índices alarmantes de violencia de género y una preocupante expansión de los grupos civiles de autodefensa, conocidos popularmente como el movimiento Bwa Kalé, que aplican la justicia por mano propia ante la ausencia de tribunales y policías confiables.

Descentralización del terror

Las estructuras criminales han diversificado geográficamente sus ataques en los últimos meses, intensificando las represalias de sangre contra comunidades tanto rurales como urbanas.

Regiones agrícolas vitales como el valle de Artibonite, la localidad costera de Gressier y diversas zonas periféricas de la capital han sido blanco de incendios provocados, saqueos y ejecuciones masivas.

El objetivo de las coaliciones criminales es claro: obstaculizar cualquier intento de control estatal o despliegue policial permanente que amenace sus rutas de contrabando y sus enclaves fortificados.

Paradójicamente, en medio de este caos generalizado, el plano político muestra una actividad inusual.

Las autoridades electorales han registrado la inscripción formal de más de 35 partidos políticos y una lista que supera los 3,500 candidatos para los futuros comicios legislativos y presidenciales.

Aunque esto refleja, en teoría, un compromiso democrático de diversos sectores de la vida nacional haitiana, la realidad práctica dicta que es imposible celebrar elecciones libres, justas y transparentes en un territorio donde el Estado carece del monopolio de la fuerza y donde el derecho al voto está secuestrado por el arbitrio de los señores de la guerra.

Haití se encuentra hoy en un punto de no retorno.

La situación actual sugiere que la nación está dispuesta para que la comunidad internacional la tome por la fuerza mediante una intervención robusta y multidimensional.

Se vuelve imperativo invadir militarmente el territorio con el mandato expreso de neutralizar, capturar o abatir a los líderes pandilleros que siembran el terror, la desolación y la muerte en las calles de esta empobrecida y sufrida nación caribeña.

Por Manuel Antonio Vega

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